Encendiendo el ordenador como cada mañana, el pasado 9 de mayo supe por Google que ese día se cumplía el 138 aniversario del nacimiento de Howard Carter, el arqueólogo que descubrió la tumba de Tutankamon. Al rato, me encontraba hojeando una vieja edición del libro de Ceram “Dioses, tumbas y sabios” que leí en mi juventud y me sirvió para conocer a este arqueólogo y, sobre todo, para interesarme por el mundo del antiguo Egipto. El volumen, fácil de leer, es, en realidad, la suma de cinco libros, dedicados respectivamente a una civilización y a una personalidad de la arqueología relacionada con cada una de ellas. Pasados los años, de todo el libro, sólo recuerdo a Carter y su aventura en el Valle de los Reyes, frente a Luxor, hasta que en 1922 dio con la tumba del joven faraón Tutankamon.
Discretamente enterrado en un cementerio del extrarradio de Londres, sobre la lápida, junto al nombre de Carter, una frase definitiva: “Pueda tu espíritu vivir, durar millones de años, tú que amas Tebas, sentado con la cara al viento del norte, los ojos llenos de felicidad”, que es la inscripción que se puede leer en la copa de alabastro del faraón que el arqueólogo encontró en su tumba junto otros muchos objetos.
Sus biógrafos hablan de Carter con cierta dificultad porque, según se sabe, era un hombre misterioso, tanto como el faraón cuya tumba descubrió. También lo tratan de desconcertante, ambicioso, sensible, irascible, sensible, solitario y un largo etcétera de calificativos, casi todos negativos. Tampoco se sintió adecuadamente considerado por sus colegas ya que su formación era más bien superficial.
Dejando de lado sus defectos y algunos episodios poco edificantes de su vida profesional, me quedo con lo fundamental: con el hombre ambicioso y terco que insistió hasta dar con lo que buscaba. Al fin y al cabo, contradiciendo a Baudelaire, ni aún intentándolo se puede ser sublime las 24 horas del día.
