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  • Padres multados

    Eso de tomar alimentos conforme a criterios de equilibrio y de manera saludable es una filosofía o modo de vida que se viene instalando en la sociedad desde hace tiempo. Es así, por lo menos, en aquellas sociedades donde el nivel de vida permite decidir a cada ciudadano de a pie qué va a comer en cada caso, lo que, como ya sabemos, es un lujo inalcanzable (y un sarcasmo) en amplias zonas del mundo.

    En este primer mundo, como digo, abundan las publicaciones, las dietas, los mensajes y los consejos de las autoridades sanitarias invitándonos a alimentarnos de manera saludable. Las cosas, sin embargo, están yendo un poco más allá y empezamos a oír noticias que hablan de ciertos gobiernos que legislan penalizando el consumo (y la fabricación, obviamente) de alimentos y bebidas claramente nocivas, sea por el exceso de azúcar en su composición o por la presencia en ellos de grasas perniciosas. El asunto tiene su miga y ha levantado cierta polémica porque hay quien tacha a esos gobiernos de intervencionistas, quedando en el aire la determinación de ese punto o frontera a partir de la cual la libertad individual prima sobre cualquier otra consideración.

    Las cosas han ido más lejos aún en Canadá, donde cierta guardería infantil ha impuesto (porque está capacitada para ello) una multa de 10 dólares a los padres de una criatura que cierta mañana se presentó en el centro con un almuerzo que no cuadraba con lo que la normativa oficial señala para la comida de los niños escolarizados. Por ley, los almuerzos de los niños en ese país deben contener una porción de leche, una de carne, una de cereales y dos de frutas y vegetales. El debate saltó cuando se supo que el almuerzo preparado en casa llevaba de todo menos la parte de “cereales” y que la guardería cubrió por su cuenta ese supuesto déficit con un paquete de galletas saladas, lo que disparó las alarmas. Pero sí, la cuestión se zanjó con el paquete de galletitas y con la dichosa multa. ¿Exceso de celo? ¿Burocracia mal entendida? ¿Criterios de salud? 

     
  • Mala memoria

    El otro día leí un trabajo sobre la facilidad que tenemos los seres humanos para distorsionar sucesos o circunstancias que tenemos almacenados en nuestra memoria y que damos por ciertos, entre otras cosas, porque en su momento fuimos testigos directos de ellos. Esa capacidad nuestra de modificar involuntariamente el pasado se demuestra fácilmente obligando a un grupo de personas a presenciar el mismo suceso y haciendo que, pasado cierto tiempo, reproduzcan los detalles de lo que han visto y oído. Esta reflexión venía a apoyar el argumento principal de trabajo: que tengan cuidado los policías, los abogados o los jurados cuando toman testimonio a testigos muy de fiar porque la memoria es muy traidora. Fíjate si la consecuencia de un testimonio involuntariamente “retocado” es el encarcelamiento del acusado…

    Al hilo de esta lectura descubrí algo que desconocía, la hipertimesia, un trastorno de la memoria que afecta a algunas personas incrementando extraordinariamente su memoria autobiográfica, es decir, aquellos sucesos que ha vivido o de los que ha sido testigo. Hay casos de personas con hipertimesia que son capaces de recordar sucesos de todos los días de su vida, incluso desde la infancia. Dada una fecha concreta, recuerdan lo que hicieron ese día, con quién se encontraron, qué tiempo hizo, qué acontecimientos resaltaron los noticieros, qué programas de televisión vieron, etc. En el caso de la hipertimesia este desarrolladísimo poder de evocación se ejerce curiosamente sólo con los acontecimientos que le han sucedido a uno mismo, sin que aparezca vinculado a otras funciones más amplias y variadas de la memoria.

    Volviendo al principio, los autores del trabajo sobre la “maleabilidad” de la memoria han demostrado que esa particularidad se observa incluso en quienes sufren de hipertimesia. Según ese estudio, a veces, se cuelan en la presunta memoria fotográfica de estas personas, acontecimientos que nunca sucedieron. Razón de más, dicen ellos, para que pongamos siempre en cuarentena los testimonios de quienes dicen haber visto u oído algo.

     
  • Desastres naturales

    El reciente desastre de Filipinas llenó por unos días la primera plana de los medios de comunicación hasta que otra noticia o suceso lo movió del objetivo y poco a poco perdió visibilidad. Sin demasiada publicidad, allí quedaron las ONG y representantes de organismos internacionales y de países amigos ayudando lentamente a los afectados a recuperar unas condiciones de vida soportables. El mundo ahora se organiza así: los países más desarrollados disponen de estructuras permanentes de ayuda para casos de emergencia, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

    En estos mismos días he leído un interesante artículo científico en el que se explica que, en contra de lo que podamos pensar, ya en la Edad Media los europeos también se organizaban para hacer frente a los desastres naturales. Que fueron abundantes, por cierto. El dato me sorprende porque, por lo general, tenemos una idea bastante negativa de aquellos tiempos: la vida entonces se nos antoja oscura, violenta, sucia y con abundancia de enfermedades. Hobbes, por ejemplo, dejó escrito que a sus ojos la vida en la época medieval era “desagradable, brutal y corta”.

    Sin embargo, los arqueólogos e historiadores hablan de los muchos desastres que tuvieron lugar en esa época (inundaciones, sequías, terremotos, erupciones volcánicas, etc.) y de cómo la sociedad disponía de recursos y estructuras rudimentarias pero útiles para ayudar a las poblaciones afectadas. Los gobiernos locales, las instituciones religiosas y de beneficencia, los gremios y otras organizaciones se ocupaban de suministrar alimentos, de acoger a los sin techo, de curar a los heridos, de reparar viviendas e infraestructuras, de organizar operaciones de rescate, de enterrar a los muertos con presteza, etc. Según parece, lo que ahora es Italia, entonces repartida en ciudades-estado, disponía de la organización más avanzada para hacer frente a esas contingencias. Allí, en ciertos casos, se llegó a legislar una suerte de desgravación fiscal para los damnificados. Si vuelves a leer este último párrafo, descubrirás que se trata punto por punto de las mismas cosas que ahora hacen los equipos de emergencias en las zonas de desastre.

     
  • La manzana de la discordia

    Vi en YouToube por casualidad un vídeo cortito en el que un joven sonriente se comía ante la cámara dos manzanas. En el primer caso lo hizo al modo convencional: cogió la manzana por “los polos” (para entendernos, como si habláramos del planeta) y fue consumiéndola a mordiscos alrededor del “ecuador” preocupándose de no acercarse al núcleo. Repasó un poco los laterales y dejó sobre la mesa el clásico “troncho” como supongo hacemos la mayoría.

    En el segundo caso, después de advertirnos de que íbamos a asistir a algo sorprendente y revelador, el mismo individuo se comió otra manzana, esta vez cogiéndola por el “ecuador” y mordiendo uno de los extremos. La cosa es que, mordiendo simultáneamente la parte carnosa y el núcleo, cuando terminó, sólo quedaba el rabo.

    El descubrimiento del siglo consiste en que es posible comerse una manzana entera sin que pase nada, algo que, por otra parte, se hace como la cosa más normal en muchas partes del mundo. Las personas mayores, sin ir más lejos, recuerdan cómo en épocas de depresión o de guerra se las comían enteras porque no estaba la cosa para florituras.

    El descubridor de este “nuevo” modo de comer manzanas aporta otro dato para convencernos de su bondad: comiéndola al modo tradicional, balanza en mano, la pérdida de manzana en forma de residuos supone un 15-30% de su peso total. Y, como dice él, si eres de los de “una manzana al día”, te resultará fácil calcular el dinerito que tiras anualmente a la basura.

     
  • Rechazo a las plantas

    Una reciente investigación señala que los bebés pueden sentir un rechazo natural hacia las plantas, un instinto innato que los ayudaría, por ejemplo, a no llevárselas a la boca, sean peligrosas o no. En el estudio se nos recuerda que plantas peligrosas (con distintos grados de riesgo) hay muchas en nuestro entorno –más que bichos- y para entenderlo basta con pensar en las ortigas o en las espinas de muchas plantas. Se observa cómo, incluso en espacios cerrados adornados con plantas de interior que los bebés ven habitualmente manipular a los adultos, los pequeños tardan tiempo en tocarlas y en ningún caso se las meten a la boca, tal como hacen con todo tipo de objetos.

    Las viviendas actuales (a veces muchos metros por encima del suelo) no son lugares precisamente “abiertos” a la naturaleza. De hecho, llenar las casas de plantas es una costumbre de última hora que los urbanitas hemos establecido para no perder el contacto con la naturaleza, algo que nos atrae y nos llama porque, en realidad, la mayor parte del tiempo que los humanos llevamos en la tierra lo hemos pasado allí, en el suelo, en contacto con la vegetación y la vida. Ahí precisamente puede estar el origen de ese  repudio innato, nacido simplemente por cuestiones de supervivencia.

    Este tipo de estudios dan mucho de sí porque no faltan los casos de bebés que se llevan bien con todo lo que se menea, sean plantas o animales, pero en este caso la polémica puede ir un poco más allá porque los mismos investigadores han lanzado una hipótesis que puede dar mucho que hablar. Según ellos, esta presunta aversión a las plantas explicaría lo difícil que es conseguir que los niños coman verduras y hortalizas. El amargor que tanto rechazo provoca en ellos estaría así directamente relacionado con la potencial toxicidad de algunas plantas.