Un volcán de nombre impronunciable
La violenta erupción hace unos días del volcán islandés Eyjafjalla y las consecuencias que de ella se derivaron (sobre todo para el transporte aéreo europeo) no son ya noticia. Nosotros mismos o algún conocido o familiar hemos o han sufrido los contratiempos derivados del cierre de aeropuertos a lo largo y ancho de Europa, en algunos casos durante varios días. Una primera reflexión ante tales acontecimientos nos lleva a pensar en un par de cosas: primero, la naturaleza es impredecible y poderosa, y los seres humanos, una minucia frente a ella; segundo, esta sociedad tecnológica y super-avanzada que hemos creado es en realidad muy frágil y todo se tambalea en cuanto ocurre un imprevisto. Punto y aparte.
Al hilo de la noticia del volcán, se me ocurre otro comentario. Hay estos días en Internet multitud de entradas especulando con el posible efecto contaminante de tales erupciones. Resulta que cientos de esas entradas ven “con buenos ojos” la acción del volcán islandés sobre la atmósfera, y lo hacen a partir del siguiente razonamiento: se calcula que el volcán en erupción arrojó a la atmósfera 15.000 toneladas de cenizas y CO2 al día; por otro lado, resulta que los vuelos suspendidos por la erupción han “ahorrado” algo más de 200.000 toneladas diarias de emisiones. Conclusión: bienvenido sea el volcán porque su explosión ha evitado el lanzamiento a la atmósfera de 185.000 toneladas diarias de contaminantes (200.000 t -15.000 t = 185.000 t).
Dejaremos la veracidad de las cifras al margen; que hablen los científicos. Pero tengamos en cuenta que Internet tiene un peligro: las verdades y las mentiras circulan allí unas junto a otras y nada ni nadie dispone a priori de un sistema fiable para diferenciarlas. En la Red es más cierto que en ningún otro sitio aquello de que la repetición múltiple de una mentira la convierte en verdad. Cuidado, por tanto.
Lo que sí podemos criticar es la falsedad de este argumento si alguien lo utiliza para concluir que la solución a los problemas del planeta está en parar los aviones, en volver al paraíso terrenal, en desandar el progreso y los avances de la civilización y en integrarnos en la naturaleza al mismo nivel que el resto de los seres vivos. A estas alturas no conviene perder el tiempo y tampoco es bueno olvidar que la humanidad avanza, no se detiene jamás.
El reto es otro, no es nada fácil y se resume en pocas palabras: contemos con los aviones y con todo lo que nos brinda el progreso y nuestra capacidad de innovación, pero hagámoslo de tal manera que no comprometamos el futuro de este planeta. Eso es sostenibilidad; ése es el trabajo ahora. ¡A trabajar!
